En nuestra sociedad
actual, el estrés se ha convertido en una variable constante entre las causas
de todas las enfermedades, especialmente las cardiovasculares. Ese estrés
intenso y sostenido al que también se le define como “distrés”, es el monstruo
invisible que hace presa de todas las personas, pero que ataca sin piedad a
quienes no saben combatirlo porque probablemente no aprendieron estrategias de
afrontamiento siendo niños. De tal
manera, es importante saber que como padres, podemos potenciar o bloquear la
capacidad de los hijos para enfrentar el estrés adecuadamente, considerando lo
siguiente:
1. Modelo de acción:
Si cuando el chico se cae
la mamá reacciona agitada, corriendo y gritando y maneja la situación de manera
dramática y con miedo; está enseñando al hijo a manejar las situaciones con
sobreactuación y desespero. En la misma situación, otra mamá, después de
analizar que es una caída ordinaria, puede simplemente mirar al niño y decirle
cariñosamente “tranquilo, es un
rasponcito, sigue jugando”, mientras le sacude las rodillas y lo invita a
continuar correteando. Este niño aprende que puede caerse y levantarse sin que
el fin del mundo lo espere en la esquina. Aprende que pasan cosas
desagradables, las acepta y continúa concentrándose en otras actividades.
Los padres que se quejan
continuamente de una situación, muestran angustia repetidamente en lugar de
buscar opciones de solución, que exponen negatividad ante los eventos y
lamentan su suerte una y otra vez; además de la descarga emocional estresante
que derraman sobre el pequeño, modelan un comportamiento incompetente de
manejar conflictos e inducen las primeras dosis de ansiedad en el niño, que
empezará a percibir al mundo como peligroso y amenazante. Por tanto es básico
que los padres “modelen” la estrategia de afrontamiento a los problemas en los
niños: analizando la situación y buscando diferentes opciones desde la calma. Principalmente,
hay que estar convencidos que aunque a veces las cosas no son como nos gustaría,
podemos seguir viviendo y adaptarnos a situaciones nuevas. Si no podemos
conducirnos de esa manera, lo ideal es no reaccionar delante de los pequeños,
para no modelar la angustia.
2. El estímulo de
experiencias bajo una supervisión activa y co-participativa. Los padres deben permitir que el
niño explore, experimente, se equivoque, ensaye, se frustre, llore. Los padres
sobre-protectores impiden que el chico aprenda maneras de resolver pequeños
problemas y se experimente a sí mismo desplegando sus capacidades.
El niño que olvida su
desayuno en casa, se enfrentará a la situación de pasar hambre o negociar con
sus compañeros para compartir la comida. Ensayará entonces estrategias de
aprender a pedir lo que necesita, se las ingeniará para lograr un intercambio,
entre otras posibilidades. En el peor de los casos, si no consigue que alguien
comparta con él, aprenderá a hacerse responsable de no olvidar nuevamente su
desayuno. Pero si mamá o papá corren a llevarle cuanta cosa olvida en casa,
eliminan la posibilidad que tiene de experimentar una situación que lo saca de
su zona de confort y de buscar soluciones prácticas a su problema; ese niño
erróneamente aprenderá que siempre habrá alguien que “resuelva” sus
dificultades y como adulto no sabrá cómo asumir responsabilidades, resolver
situaciones y sentirá frustración con gran compromiso de su autoestima. En
resumen, resolver cada dificultad que enfrentan los hijos, no los hará más
felices, pero sí más indefensos.
Los padres deben permitir
que el niño explore salir de su círculo de confort, desarrolle y ensaye
habilidades para resolver conflictos, PERO esto no significa dejarlos solos,
hay que propiciar un diálogo introspectivo con el niño cuando está atravesando
dificultades o cuando ve situaciones conflictivas en el ambiente o la
televisión. La pregunta estrella siempre será “¿CÓMO TE SIENTES?”, y así cualquier pregunta que estimule la
capacidad de pensar por sí mismos como: ¿qué te parece a ti?, ¿te parece que fue apropiado lo que hizo esa
persona?, ¿cómo crees que se sintió la otra persona?, ¿qué otra cosa se podría
haber hecho?, ¿lo que pasó fue bueno o malo?, ¿cuáles son las consecuencias de
lo que sucedió?. Si el niño no consigue dar respuestas adecuadas,
socialmente ajustadas o ninguna respuesta concreta, entonces los padres
intervienen asesorando al pequeño en un diálogo abierto, estimulante, sin
juzgar y sin prejuicios.
Mejor aún, hay un bono
importantísimo. Al entrenar al niño desde muy pequeño a identificar emociones
como: rabia, tristeza, miedo, alegría, amor y alternativas de respuesta ante
una situación, se les provee de una excelente estrategia que los ayudará a
combatir la ansiedad de mayores. Entendiendo que la ansiedad es un miedo
generalizado que no podemos explicar, que es un temor interno a algo
indefinido, que es esa sensación de intranquilidad a algo que no sabemos qué
es; este tipo de actividad introspectiva y de reconocimiento de emociones es
también un entrenamiento primario para enfrentar-combatir la ansiedad “normal”.
A partir de la edad
escolar hay que comenzar también a entrenarlos en medir consecuencias y tomar
decisiones, con las mismas directrices, sin dramas y dejando que sin excepción
el niño corra con las consecuencias de sus actos. Por ejemplo:
- Después de hacer tu tarea puedes jugar un rato, pero si no haces la tarea no puedes salir a jugar.
- Si no estudias y aplazas el examen, no podrás ir a la fiesta el sábado.
Asumir consecuencias y
tomar decisiones, son habilidades importantísimas para la vida adulta que se aprenden
en la infancia y que los padres deben incluir en la formación de sus hijos. Esas
habilidades desarrolladas de manera consciente fortalecen la autoestima, el
sentido de responsabilidad, el conocimiento de la capacidad para resolver
problemas y forman parte de ese arsenal de destrezas necesarias para combatir
eficientemente el estrés.

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